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Quédate con lo mejor.

Quédate con lo mejor.

A veces hay que retroceder dos pasos para avanzar uno.

¿Existe relación entre consumo y felicidad? En tal caso, qué nos hace más felices adquirir o rechazar.

Llevo un año sin realizar grandes compras. Casi no consumo textil, no tengo nuevos zapatos, mi ropa es de hace tres años. Mis muebles, sábanas son heredados. En mi nueva casa tan solo he adquirido un nuevo conjunto de mesas y sillas.

Pero en el día a día, estas son mis nuevas incorporaciones:

Algún accesorio para mi cocina.
Champú sólido.
Aceites corporales en bote de cristal.
Compras a granel.
La copa menstrual.
Alguna planta…

Dejé a un lado el maquillaje porque sí, productos que antes eran necesarios en mi vida como bandas depilatorias, enjuague bucal, cremas bronceadoras, mascarillas de pelo… y todo aquello que cuando se me agotaba me impulsaba a llenar mi bolsa de supermercado.

Cuando compartía piso aprendí a no tener. Un compañero era de lo más ahorrador y otro se dedicaba a acomodar las estancias de manera muy acogedora con aquello que encontraba por casa. Mi duda es.

¿Qué hacer cuando quieres rodearte de lo mejor?.

Una de las decisiones de vida minimalista es tener poco, pero de calidad. Para evitar comprar por dos y para rodearte de objetos que te hagan sentir feliz y en paz con ellos. Al menos así lo explica Marie Kondo en su libro «La magia del orden».  Un ejemplo, si tienes sábanas de cama ten un par, pero que sean las mejores, del mejor tejido. La mitad del tiempo en tu vida la pasas en tu cama, otórgale el mejor espacio.

Pasadas las navidades tomé una decisión, tener la mejor habitación. Es el lugar donde descanso todos los días, donde me visto y sentía que estaba sin terminar… pasé un día entero de compras en busca de las mejores sábanas, atrezzo, lámparas… Al descargar los bultos en casa mi chico bromeó. «Voy a hacerte una foto para mi vida sin plástico y que vean lo consumista que estás siendo».

Al instalar mis muebles una sensación agridulce se apoderó de mí y es que todo estaba repleto de embalajes de Ikea, de plásticos. La casa olía a nuevo. Atrás dejaba mis primeras sábanas que tanto odio poner, llenas de pelotillas que costaron 5€ en Ikea. Mi habitación cambió los muebles de posición y todo se volvió más acogedor a la vez sentía culpa. Bajar al contenedor todos esos embalajes me hacía sentir que había sido infiel a mi vida minimalista y zero waste.

Así que he decidido hablar de ello en el post. No todo en las redes es positivo. Solo hablamos de lo que evitamos y construimos, pero no de lo que generamos. Una parte de mí siente que he vuelto atrás, mientras que otra se reconcilia con lo nuevo. A fin de cuentas en este momento de la vida me he tomado un descanso, a veces hay que volver atrás para seguir avanzando.

¿Cuándo ha sido la última vez que has dado un paso atrás?

Gracias por venir.
Victoria.

 

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