La pastilla de champú.

Esta vez el cambio Zero Waste ha sido en el baño. Y es que aprovechando que mi champú se ha terminado lo he renovado por una pastilla de champú.

Ese ha sido mi reto semanal, ese y volverme loca en el super. Eliminar los plásticos en mi consumo está siendo caro. Vale a cambio ahorro en otras cosas, un ejemplo, mi sándwich de máquina que tomo en el trabajo ha pasado a ser piña natural en un tarro de cristal.

Pero mi carro de la compra ha sufrido cambios. He sustituido mi tarrina de margarina por mantequilla envuelta en papel. Mis tetrabrick de tomate por un tarro de cristal con tomate triturado, algo que no sé si llegaré a gastar del todo hasta que se estropee. Ahí está la ventaja de los envases… se desperdicia menos comida. El chocolate lo compré envuelto en cartón, fue decepcionante porque al abrirlo estaba envuelto en plástico. Decidí renunciar a una cuña de queso y un paquete de bacon, los cuales compraré en la carnicería y quesería, en el puesto que menos envoltorio utilicen.

Es un gustazo llegar a casa y sacar del carro comida que después tan solo ocupa un papel o un tarro que llenaré de lentejas. Al menos siento que poco a poco puedo cumplir este propósito.

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Pero el mayor cambio ha sido eliminar un bote de mi ducha, el champú. Ese que me gusta cambiar cada seis meses a pesar de que el que use me funcione bien. Se acabó pasar el rato  viendo botes en la sección de perfumería. Esos botes que me prometen volumen y nunca lo cumplen. La pastilla de champú huele fenomenal, hace mucha espuma y se aclara muy rápido. El único cuidado que tiene es mantenerla fuera de la ducha para que se seque. Además al comprarla te la dan en una bolsa de papel. La mía es de Lush y en comparación en precio cuesta casi lo mismo que tres botes de champú.

Esta semana mi vida sin plástico ha conseguido reducir unos cuatro envases y usar un producto de cosmética natural. Bravo.